Las provocaciones de Mae West (I)
No son pocos los que apuntan que sin Mae West no habría existido Marilyn Monroe. Ambas se convirtieron en iconos eróticos de sus respectivas épocas, y las dos popularizaron la imagen de la sensualidad ligada a las actrices rubias, a la que también contribuyeron otras actrices como Kim Novak o Jayne Mansfield.

Pero la distancia que media entre Mae West y Norma Jean va más allá del tiempo que las separa, porque, en realidad, nunca encarnaron el mismo tipo de personaje. Si Marilyn Monore personificó el de la joven ingenua (algo que por desgracia condujo a sedimentar el cliché de "rubia tonta"), el personaje de Mae West fue muy diferente: el de mujer fuerte, dominante, sexualmente desinhibida, consciente de su sensualidad y que la explotaba, no sólo físicamente, sino con ingeniosos juegos de palabra y diálogos subidos de tono. Por si fuera poco, Mae West participaba en los guiones (incluso redactándolos en solitario) y dirección de sus producciones, que tampoco se ciñeron, como en el caso de Norma Jean, al cine, sino también al teatro, donde alcanzó tanta fama como en la gran pantalla. Y en todos los medios artísticos en los que Mae West hizo acto de presencia se encontró con que sus voluntariamente provocativas actuaciones eran objeto de controversia entre los sectores más conservadores de la sociedad que le tocó vivir.
Uno de sus primeros encontronazos con la censura tuvo lugar en 1927, cuando estrenó una obra teatral cuyo simple título ya era asaz provocativo, Sex, y que tenía a la prostitución como tema central. No gustó a buena parte de la prensa, que la consideró vulgar y, el Milwaukee Sentiel afirmó que la pieza estaba "necesitada de fumigación". Pero toda esa polémica no hizo sino promocionar la obra, que consiguió extraordinarios aforos en sus pases.
Tal éxito disgustó al ultracatólico John S. Sumner, a la sazón presidente de la Sociedad para la Represión del Vicio de Nueva York, donde había impuesto su moralidad, persiguiendo y denunciando cualquier manifestación artística que se saliese de su estrechísimo margen de tolerancia. Sumner se quejó ante el ayuntamiento de la obra, apelando que vulneraba la normativa local antiobscenidad. Pero Mae West era mucho más inteligente que el censor: tenía preparadas dos versiones de la pieza teatral, la original y otra mucho más recatada, y fue precisamente esta última la que exhibió sobre el escenario el día en que tuvo noticia que acudirían miembros del jurado municipal para examinarla.

A pesar de este fugaz éxito, la fiscalía de Nueva York emprendió un proceso penal contra la actriz por obscenidad. En un juicio enormemente mediático, el tribunal condenó a la estrella, al mánager y al propietario del teatro a diez días de cárcel y 500 dólares de multa por cabeza.

Claro que Mae West tenía una personalidad difícil de domeñar y una popularidad a prueba de rejas. Su propio encierro le trajo más popularidad si cabe, y supo llevarlo con la socarronería que caracterizaban sus interpretaciones. Al ingresar en la prisión de Welfare Island, las matronas le pidieron que se desnudase, y ella, impasible, replicó: "¿Qué? Yo creía que se trataba de un lugar respetable".

Durante el encierro las presas mostraron su idolatría por West, quien solícita compartía momentos con ellas, e incluso visitó a las que se encontraban en la enfermería y que también pedían con insistencia conocerla. Algunas, por cierto, le confesaron que estaban allí recuperándose de dolencias que aparecían en Sex... una forma eufemística de reconocer que padecían enfermedades venéreas.
Cuando cumplió la condena, el propio alcaide le pidió a la actriz que los volviera a visitar, aunque, como ella misma afirmó, lo haría sin ocupar el "furgón negro" (es decir, un vehículo policial). Recién salida de la cárcel, Mae West publicó en la prensa un relato de sus días de encierro, en los que aprovechaba para deslizar una crítica contra el sistema penal neoyorquino: se había percatado de que la mayoría de las mujeres encerradas en la prisión de Welfare Island eran afroamericanas o hispanas. Por su narración la prensa le pagó mil dólares pero, lejos de sacar tajada personal de ello, los donó a la propia prisión, a fin de que los invirtiesen para erigir una biblioteca para las reclusas.

Por supuesto, la condena tampoco sirvió al objetivo de intimidar a Mae West, que en 1928 estrenó al mismo tiempo otras dos obras cargadas de contenido sexual: Diamond Lil y The Pleasure Man. Poco antes, espoleado por el éxito (procesal, que no moral) que se había obtenido con el encierro de Mae West, el gobernador de Nueva York había firmado la llamada Wales Padlock Law, que endurecía la legislación antiobscenidad para perseguir cualquier representación teatral que mostrase "degeneración o perversión sexual". Y, claro está, Mae West volvió a hallarse en el punto de mira.
El mismo día del estreno de The Pleasure Man, la policía se personó en el teatro y, nada más bajarse el telón, detuvo a todos los miembros de la obra, incluida la orquesta. Cincuenta y seis personas en total. Más Mae West, que llegó a última hora (había estado en su otra obra, representada simultáneamente) y que también fue prendida. Tras pagar los 500 dólares de multa por cada integrante de su equipo, la actriz y productora volvió a representar la obra al día siguiente, sufriendo exactamente el mismo destino.



Acusada de violar la legislación neoyorquina antiobscenidad, Mae West demostró una vez más su capacidad para reírse de todo y de todos, convirtiendo el juicio en un espectáculo. Cuando la fiscalía pidió a los actores que representasen ante el estrado una controvertida escena de la obra, a fin de mostrar su inmoralidad, estos mostraron una escena muy distinta, carente de cualquier connotación sexual. Provocando la desesperación de la fiscalía, que a gritos protestó: "¡Eso no es lo que realmente hacen durante la escena! ¡Están haciendo otra cosa!".

El caso es que, sin pruebas suficientes de que la obra fuese representada con poses, actitudes, lenguaje o tono obscenos, el jurado exoneró en esta ocasión a Mae West, que evitó ingresar en prisión por segunda vez. Seguramente para disgusto de las reclusas, que no pudieron disfrutar de nuevo de su estrella favorita.
Pero éste no sería el único caso en el que la célebre actriz tendría que vérselas con los intentos de censurar sus obras. Y su propia imagen, como tendremos ocasión de ver en otra entrada del blog.
Para saber más:
Los guiones de las obras teatrales de Mae West comentadas pueden verse en Schlissel, Lillian, Three Plays by Mae West: Sex, The Drag, The Pleasure Man, Routledge, New York,1997.
Una magnífica biografía de la icónica actriz es la de Watts, Jill, Mae West. An Icon in Black and White, Oxford University Press, Oxford, 2001.
A los diferentes casos que afectaron a Mae West les presto particular atención en los capítulos dedicados respectivamente al teatro, la radio y el cine en mi libro Obscenidad, erotismo, pornografía. Cómo el sexo ha limitado la libertad de expresión y las artes, Marcial Pons, Madrid, 2025.





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